martes, 22 de octubre de 2013

El caso Horman en Estados Unidos y en Chile


En el presente acápite reseño de manera sintética en qué está la investigación judicial sobre la muerte de Charles Horman, tanto en Estados Unidos como en Chile.

En Estados Unidos

Como he indicado en otra parte el padre de Horman, Edmund Horman, y su viuda, Joyce Horman, con el patrocinio del Center for Constitutional Rights de los EEUU, interpusieron una demanda contra Henry Kissinger y otros (entre ellos Frank Purdy, Cónsul General de EEUU en Chile en 1973, James Anderson, Vicecónsul, y Ray E. Davis, Capitán de Navío y jefe del grupo militar de EEUU en Chile para el Golpe). Esto fue en octubre de 1977, pero sólo a comienzos de 1979 “fueron a la Corte”, como lo ha reconocido Joyce Horman (el padre de Horman falleció en 1994), gracias a mi autorización notarial (“affidavit”) que permitió la primera desclasificación, aunque parcial, de documentos secretos del Departamento de Estado y de la CIA sobre el caso. El juicio está caratulado como “Horman et al. versus Kissinger et al., Civil Action 77-1798”, en la Corte del Distrito Federal de Columbia, en Washington. El texto íntegro de la demanda puede leerse aquí.

El caso fue sobreseído temporalmente en 1980, pero con la posibilidad de ser reabierto en caso que surjan nuevos antecedentes relevantes. "Debido a la no entrega de documentación pedimos el sobreseimiento, sin perjuicio que se pueda reabrir si logramos más información", declaró la viuda al periodista chileno Cristián Opaso en 1996.

Si bien había expectativas de que la masiva desclasificación de documentos secretos estadounidenses realizada el 30 de junio de 1999 por el Gobierno de Clinton podría entregar nuevos antecedentes, muy poco se sacó en limpio, manteniéndose información clave bajo reserva, arguyéndose las consabidas sinrazones de “seguridad nacional”. En particular, documentos desclasificados de la CIA brillaron por su ausencia, como lo subrayó la viuda en carta al entonces Delegado Presidencial para asuntos de Seguridad Nacional, Sandy Berger. En dicha carta, Joyce Horman concluye:

To my knowledge, not a single Justice Department document specific to Charles Horman was released on June 30th. We expected to see Justice Department files relating to our law suit, Horman vs. Kissinger et.al declassified. These would include records of meetings between the Assistant U.S. attorney and officials at the Pentagon, as well as the CIA and other agencies. Routing records for any documents shown or provided to the Justice Department by the U.S. military, the CIA or any other agency that provided documents should have turned up along with briefing notes, memoranda of conversations, and other documents. Such documents would advance our knowledge of the holdings and history of these agencies and their relation to my husband's case in Chile. Where are these files? Finally, not a single National Security Council document was released on Charles Horman on June 30th. Can it be that with the level of controversy generated by the death of this U.S. citizen in Chile in the fall of 1973, and again in the summer of 1976, and by our lawsuit in 1977, 1978, there were no discussions or inquiries or memos generated by top foreign policy officials in the Nixon, Ford and Carter administrations? That is just difficult to believe, let alone accept”.

Difícil de creer, difícil de aceptar. Pero hasta ahora ha sido imposible avanzar en justicia para Charles Horman en EE.UU. porque, tal como hace 40 años, la información clave de agencias oficiales de Estados Unidos sigue siendo denegada a la familia de la víctima. Más antecedentes sobre el caso judicial en Estados Unidos puede consultarse en el sitio web de la Fundación Horman.

En Chile

En diciembre de 2000, Joyce Horman interpuso una querella ante los tribunales chilenos por la muerte de su marido. Se querelló contra siete personas con nombre y apellido y contra todos quienes pudieran tener responsabilidades en el asesinato de su esposo. Los querellados fueron:

  • General Augusto Pinochet, ex Comandante en Jefe del Ejército y Presidente de la Junta Militar a septiembre de 1973.
  • Coronel Victor Hugo Barría Barría, Subjefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE) en 1973.
  • General Herman Brady Roche, ex Comandante de la II División de Ejército y Fiscal Militar en 1973.
  • Coronel Jaime Espinoza Ulloa, ex Comandante del Campo de Prisioneros del Estadio Nacional en 1973.
  • Pedro Espinoza Bravo, Mayor de Ejército en 1973.
  • Ariel González Cornejo, Capitán de Navío, I. M. (Infantería de Marina), integrante del Estado Mayor de la Defensa Nacional en 1973.
  • Luis Contreras Prieto, Mayor de Ejército.

El caso lo vio inicialmente el juez Juan Guzmán Tapia. Hasta Henry Kissinger fue instado a responder un cuestionario enviado por el juez Guzmán, transmitido vía exhorto por la Corte Suprema. Conocedor a fondo del caso, el juez Guzmán ni siquiera me llamó a declarar, aunque la viuda de Horman había consignado mi nombre como un posible testigo de la parte querellante.

En 2003 el caso fue traspasado al ministro de fuero Jorge Zepeda Arancibia. A los pocos meses, en mayo de ese mismo año, el juez dictó arraigo en mi contra, a lo cual ni siquiera apelé porque soy inocente y supuse que al poco tiempo quedaría anulado por sí solo, lo cual, de hecho, así ocurrió. Hasta ahora, en lo esencial, Jorge Zepeda ha pronunciado dos dictámenes. Uno, a fines de 2003, y otro en 2011. En 2003 me encausó inesperadamente como “cómplice” sin siquiera entonces identificar a los supuestos autores ni las circunstancias de la muerte de Horman (puede consultarse el dictamen aquí). Sin embargo, la Sala de la Corte de Apelaciones, presidida por el Ministro Carlos Cerda, dictaminó por tres votos a cero que se me concediera la libertad bajo fianza, se me diera conocimiento del sumario y se incluyeran en el expediente judicial mis tres cartas de honorabilidad que tuvieron a la vista (del ex Presidente de CARITAS-Chile, P. Baldo Santi, del ex Premio Nacional de Ciencias, Héctor Croxatto Rezzio, y del ex Senador Alberto Jerez Horta). Pues bien, al regresar de vacaciones Zepeda Arancibia arrancó las tres cartas de honorabilidad ya cosidas y foliadas con sus respectivos números. ¿Es esta una conducta imparcial en el marco de un debido proceso? 
 
¿Y qué decir de los “cuadernos secretos” del proceso que el juez Zepeda mantiene bajo siete llaves "por razones de Estado"? A estas alturas del siglo XXI, ¿puede alguien creer que la existencia y la seguridad misma del Estado de Chile pueden verse comprometidas en este proceso judicial? Es lo mismo que se preguntan los abogados, familiares y amigos de los asesinados y torturados en Colonia Dignidad, cuyas cuarenta mil fichas aún son mantenidas en secreto por Zepeda desde hace casi diez años, otra vez por "razones de Seguridad de Estado". ¿Acaso no sabe todo Chile (incluyendo a estas alturas a la "Corporación de Amigos de Colonia Dignidad") que allí se torturó, violó y masacró a detenidos políticos y aun a colonos, aparte de los innumerables actos de violencia contra niños?  [Actualización abril de 2014: presionado por organizaciones de derechos humanos el juez Zepeda solo se decidió a hacer públicas esas fichas el 7 de abril de 2014, luego de mantenerlas en calidad de secretas desde 2005. Es decir, los sitios de memorias y agrupaciones de DD.HH. lanzaron la campaña "No más archivos secretos", gracias a la cual Zepeda no pudo mantener el velo que encubría la información relativa a horrorosos crímenes cometidos en Colonia Dignidad y otros centros de tortura y muerte (http://www.londres38.cl/1937/articles-95852_recurso_pdf)].
 
Ahora bien, sin mis declaraciones de 1976, cuando el gobierno chileno seguía sistemáticamente negando que Horman hubiese sido detenido por militares, y sin la desclasificación que provoqué en 1979, hasta ahora no habría forma de comprobar la participación de militares chilenos en el caso, pues no ha habido ningún testimonio judicial que, aparte del mío, afirme que Horman estuvo en el Ministerio de Defensa y tampoco en otros lugares en que extrajudicialmente se ha mencionado que hubiera podido estar (el Estadio Nacional o la Escuela Militar). Hasta Kissinger ha declarado que no supo del caso Horman hasta 1976 (o, mejor dicho, ya no pudo negarlo públicamente), muy probablemente por el revuelo que generaron internacionalmente mis declaraciones a la prensa, cuando estaba asilado en la Cancillería de Italia[1]. Aparte de mi testimonio, lo único acreditado fehacientemente hasta ahora en lo que concierne a la detención y muerte de Horman es que fue detenido por personal militar que llegó a su casa. Por otra parte, el 18 de octubre de 1973 el Cónsul General de EEUU en Chile, Frederick Purdy, le comunicó oficialmente al padre de Horman y a su viuda que Charles había sido ejecutado el 18 de septiembre de 1973 y que su cadáver se encontraba en un nicho del Cementerio General (el régimen militar naturalmente negó que Charles Horman hubiese sido jamás detenido), como lo relata el libro de Thomas Hauser (1978)[2].

Ocho años después, en 2011, el juez Zepeda encausó como autores a dos personas: el Coronel Pedro Espinoza Bravo, quien para septiembre de 1973, con grado de Mayor, dependía del General Lutz, por entonces director del  Servicio de Inteligencia Militar (DINE, más conocido como SIM), y el oficial naval (jubilado) de EEUU, el capitán de navío Ray E. Davis, Comandante del Grupo de la Misión Militar de Estados Unidos en Chile al momento del Golpe. Por último, en abril de 2012, la Corte Suprema dio curso a la solicitud de extradición del estadounidense Ray Davis. El auto de procesamiento (de 33 páginas) se puede leer aquí.

¿Asunto resuelto? Lamentablemente no.

Por una parte, aún hoy todo permanece nebuloso. Eso no lo digo yo; lo dice alguien muy cercano a la parte querellante: aunque el caso aparenta avanzar, “los detalles sobre su muerte [de Horman] y por qué fue asesinado aún están nebulosos” (are still murky), ha señalado recientemente Peter Kornbluh, autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability y ligado a la Fundación Horman. Ya en 2011, tras conocerse el dictamen de Zepeda contra Davis y Espinoza, Kornbluh había subrayado que el juez aún tenía que presentar “evidencias concretas”. Hasta Punto Final, periódico ligado al MIR, se extrañó de que Zepeda no fundamentara ni dijera nada sobre la actuación de Pedro Espinoza en su dictamen: “En la resolución de 33 páginas del ministro Zepeda no se revela el papel exacto que cumplió Espinoza […] ni tampoco qué funciones tenía cuando ocurrieron los hechos”.

En un pasaje medular de su auto de procesamiento contra Espinoza y Davis, el juez Zepeda señala que “la decisión de dar muerte a Charles Horman Lazar, por tratarse de un detenido extranjero, se dispone por el Departamento II del Estado Mayor de la Defensa Nacional, dependiente del General de Ejército Augusto Lutz Urzúa, y se ejecuta por el Batallón de Inteligencia Militar o Cuartel de Inteligencia del Ejército, a cargo de determinado oficial de esa repartición [¿Pedro Espinoza?] encargado de supervigilar la ejecución de detenidos”. Pero, como hemos indicado anteriormente, el General Lutz era entonces director del Servicio de Inteligencia Militar (DINE, también conocido como SIM), organismo que no tenía ninguna tuición sobre ni vinculación con el Departamento II del E.M.D.N. Por otra parte, ya que en el auto de procesamiento no se menciona nada preciso que involucre a Espinoza Bravo en los hechos, cabe suponer que el "determinado oficial" al que se refiere Zepeda en el mismo sería Espinoza Bravo, pero no deja de llamar la atención que, de ser así, no se identifique de manera inequívoca al supuesto ejecutor de Charles Horman al cual se está de hecho procesando. Sin lugar a dudas, esto constituiría un descubrimiento de la máxima relevancia en la tramitación del proceso: por fin se habría identificado al asesino de Charles Horman. ¿De dónde podría entonces surgir esta renuencia del juez a decir las cosas por su nombre? Quizá del hecho de que, en caso de existir el hipotético Batallón o Cuartel de Inteligencia del Ejército del que habla el juez Zepeda, no podría haber estado al mando del por entonces Mayor Espinoza Bravo, sino que debía tratarse de un oficial superior, es decir, de un Teniente Coronel o Coronel. O del hecho, más grave aún, de que, como lo ha informado recientemente el Jefe del Estado Mayor General del Ejército, jamás existió tal "Batallón de Inteligencia Militar o Cuartel de Inteligencia del Ejército" en septiembre de 1973. ¿Qué puede ser más injusto que dar por acreditados hechos irreales, fingir que existen batallones imaginarios, cambiar de funciones a personas mencionadas en un proceso judicial, etc., y todo ello con la consecuencia de que los verdaderos culpables de la muerte de Charles Horman puedan seguir gozando de impunidad?

Esta y otras flagrantes desprolijidades del juez Zepeda han llevado a pensar incluso a personas cercanas a la parte querellante que (dejando de lado la invención del supuesto “Batallón de Inteligencia”) el juez se puede haber confundido entre el ahora Coronel Pedro Espinoza Bravo (pero en aquel entonces Mayor) y el entonces Coronel Jaime Espinoza Ulloa, ex Comandante del Campo de Prisioneros del Estadio Nacional, quien aparece ampliamente mencionado en el auto de procesamiento, a diferencia de Pedro Espinoza Bravo. ¿Se “confundió” el juez Zepeda? ¿Puede haber un juez tan incompetente como para llegar a tal extremo? Naturalmente, las desprolijidades de Zepeda y su eventual incompetencia corresponden ser evaluadas por sus pares del Poder Judicial. Pero si no se equivocó, y efectivamente se propuso encausar como autores a Ray Davis y a Pedro Espinoza sin aportar pruebas ni testimonio alguno al respecto, la hipótesis de que simplemente haya escogido a un par de “figuras simbólicas” de la doble mano involucrada en la muerte de Horman, es decir, agentes de inteligencia estadounidenses y uniformados chilenos, no parece descabellada.

Cuando hablo de las “flagrantes desprolijidades” del juez Zepeda no exagero. En su dictamen de 2003 incluso llega a decir que el cuerpo de Horman fue ubicado en marzo de 1973, esto es, ¡seis meses antes de su muerte!: […] “Lo que el funcionario militar cumple el día 21 de marzo de 1973, en horas de la mañana, procediéndose, luego de preparar el cadáver, a su traslado a los Estados Unidos de Norteamérica”[3].

No se trata de desprolijidades nimias, errores “de tipeo” o cosas por el estilo, sino también de cosas que afectan la posibilidad misma de establecer los hechos e impartir justicia. Prueba de ello es que al solicitar la extradición de Ray Davis a Estados Unidos en 2011, no realizó las indagaciones mínimas, pues de hecho el Sr. Davis acaba de morir tranquilamente en Santiago de Chile el 30 de abril de 2013, a los 88 años, como lo reveló en septiembre de este año el New York Times.

¿Cómo es posible que un juez de la República demande la extradición de alguien que vive en Chile? Y lo que es peor: ¡que por su desidia no logre detenerlo e interrogarlo cuando aún era posible hacerlo! Nuevamente, el reclamo no viene sólo de mi parte. Joyce Horman (para todo efecto, la parte querellante) acaba de señalar al New York Times: “How is it that no one notified the Chilean court system or the U.S. Embassy that Ray Davis was in Chile, when it now looks like he had been in Chile for a year or so?”. Para concluir, por cierto: “This is not normal”.

En lo que respecta al Coronel Pedro Espinoza, hasta ahora, que yo sepa, sólo existe un indicio, cuya verosimilitud, sin embargo, nunca ha sido comprobada, que lo liga al caso Horman. Aparentemente Zepeda no lo conoce, porque no lo menciona en su auto de procesamiento (aunque sí menciona otros documentos desclasificados que no aluden a Espinoza). Se trata de un par de memorandos intercambiados por la Embajada de Estados Unidos en Santiago y el Departamento de Estado (en Washington) en 1987, desclasificados en 1999, en que se hace mención a un oficial (al parecer ya retirado) de la FFAA chilenas, quien se habría acercado a la embajada estadounidense en busca de protección. En dicha ocasión, les aseguró a agentes de inteligencia estadounidenses que Horman había sido llevado a la Escuela Militar, donde fue interrogado, y posteriormente al Estadio Nacional, donde, según el informante, fue asesinado al anochecer del 19 de septiembre por orden del Mayor Pedro Espinoza Bravo. En esa ocasión Michael Armacost, funcionario del Departamento de Estado, cuestionó la credibilidad del informante (cuyo nombre aparece tachado en los dos documentos desclasificados), sin descartar, con todo, enteramente su versión, y reconociendo que por primera vez se mencionaba a Pedro Espinoza en este caso. Los memos en cuestión pueden consultarse en el National Security Archive, de la George Washington University, aquí.

¿Quién fue tal informante? ¿Fueron sus declaraciones en 1987 una simple triquiñuela para obtener apoyo de los estadounidenses, como ellos mismos se preguntan en uno de los dos documentos desclasificados? No hay que olvidar que a septiembre de 1973 el entonces Mayor Pedro Espinoza aún servía bajo las órdenes del Gral. Lutz, quien, por su ética y su conocida cercanía con el Gobierno legítimamente constituido del Presidente Allende, no hubiera dejado pasar que un subalterno cometiera un crimen bajo su mando; si ese hubiera sido el caso, probablemente lo habría llamado a retiro o lo habría sometido a un Consejo de Guerra. Además, es un hecho acreditado que el 19 de septiembre el cuerpo de Charles Horman ya estaba hacía 24 horas en refrigeración en el Servicio Médico Legal. Por ahora, sólo el Departamento de Estado de los EEUU está en condiciones de responder a la pregunta de quién fue ese informante de 1987, y hasta ahora no lo ha hecho. Obviamente la justicia chilena tiene que solicitar al gobierno estadounidense que coopere con el caso y que revele el nombre tachado del supuesto oficial chileno, para así interrogarlo si aún estuviera vivo.

* * *

A 40 años del asesinato de Charles Horman, los procesos judiciales abiertos en Estados Unidos y en Chile parecen estar en punto muerto. En Estados Unidos el caso sigue sobreseído temporalmente, a la espera de nuevos antecedentes que, al menos, el Departamento de Estado y los organismos de inteligencia (léase principalmente la CIA) se niegan a entregar. En Chile, aunque hay un par de acusados como autores, uno acaba de morir en Santiago sin que el juez que lleva la causa lo hubiera siquiera interrogado (Ray Davis) y el otro, a falta de antecedentes en el proceso, más bien parece haber sido encausado por ser una figura emblemática de las violaciones a los derechos humanos bajo la Dictadura (Espinoza Bravo) antes que por su eventual participación en los hechos[4]. De paso, el juez ha intentado involucrarme, sin haber tenido yo ninguna participación en el crimen, sino, al contrario, siendo el primero en haber alertado públicamente en 1976 (y, de manera especial, a la propia familia Horman en 1979 por medio de mi desclasificación) de la connivencia entre agentes de inteligencia estadounidenses y uniformados chilenos en el caso. No cabe sino reiterar: la justicia, en este y en todos los “casos”, no puede esperar infinitamente. Si no, no hay justicia.

* * *

Más elementos sobre el caso Horman en Chile pueden consultarse en la sección Algunos de los graves errores del juez Zepeda en el caso Horman.






[1] En una entrevista a Kissinger en 2001, con la periodista Elizabeth Farnsworth, se puede leer: E. FARNSWORTH: You said to me that you hadn't even known who Charles Horman or any, you didn't know about the Americans…? H. KISSINGER: […] as far as I have been able to reconstruct, that issue did not reach my level until 1976. But I could be wrong.
[2] Como es sabido, la política exterior de los EE.UU. cuenta –y contaba por aquellos años-- con numerosos detractores, y Henry Kissinger en particular ha sido uno de los mayores responsables de esta animadversión global. Desafortunadamente para mí, durante mi estancia en la Cancillería de Italia en Santiago parte del personal de esta legación decidió aprovechar la visita de Kissinger a Santiago de Chile en 1976 para provocar un escándalo que hiciera visible el involucramiento y apoyo de los EE.UU. al golpe de estado y a la dictadura, y para ello decidieron servirse de mi presencia en esa legación. Mientras me encontraba refugiado en la Cancillería de Italia, fui obligado por dos funcionarios a decir que en la oficina del Gral. Lutz había un norteamericano. De no hacerlo sería expulsado del recinto diplomático, lo cual hubiera significado mi muerte inmediata, pues había orden, no de detenerme, sino de disparar a matar, lo cual me fue informado indirectamente por Pablo Navarrete, por entonces Subdirector de Inteligencia de Carabineros. Una vez en el exilio le conté al Sr. Horman este hecho, y él me solicitó que no lo hiciera público pues, aparte del juicio por dicha muerte, se iba a hacer una película basada en el libro, que ya era un best-seller, y perjudicaría gravemente sus intentos por conocer la participación de organismos de EE.UU. en la muerte de su hijo. Le prometí no repetirlo a nadie, excepto si era llamado a declarar a Tribunales, pues allí no mentiría. Edmund Horman se preocupó de que sus abogados no me llamaran durante los cuatro meses que estuve en EEUU y durante 30 años cumplí con lo que me solicitara Edmund Horman, no concediendo ninguna entrevista respecto al caso Horman para no tener que mentir y para no perjudicar el proceso judicial entablado por la familia en Estados Unidos. Al ser preguntado al respecto en Tribunales chilenos, y a riesgo de presentar una verdad discordante con la versión que me vi forzado a dar en la Cancillería de Italia, respondí con la verdad: que no había ningún americano en la oficina. El invento de que había un americano era tan burdo como la razón para saber que era de ese país. Cuando me preguntaron cómo sabía que era un americano tuve que decir que por sus zapatos ("that type of shoe is not found in Chile"), a lo cual obviamente se me objetó que muchos chilenos viajan a EEUU y podrían haberlos comprado ahí. Por lo demás, decir que no había tal americano es algo que despeja una incógnita en la cual se hubiera podido gastar tiempo y energía y que no hubiera llegado a nada porque no hubo tal americano. Jamás hubiera hecho tal declaración voluntariamente, pues aparte de ser falsa, me perjudicó enormemente, pues el gobierno temió que en caso, de otorgárseme el salvoconducto, yo podría hacer más y peores declaraciones en su contra. Fue por esta y otras razones que el ciudadano suizo Dr. Armin Kobel, representante para América del Sur de la Cruz Roja Internacional, calificó mi estadía en la Cancillería de Italia como "un verdadero infierno".
[3] Esto se puede ver en la parte final de mi auto de procesamiento del 2003.
[4] No está de más recordar que el Subdirector de la DINA, desde su creación hasta 1976, fue el Coronel de Aviación Mario Jahn Barrera; sin embargo, en las condenas a la cúpula de la DINA a menudo se incluye erróneamente a Pedro Espinoza en ese cargo antes de 1976.

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