Me desempeñé desde 1954 como agente civil del Departamento II, Inteligencia, del
Estado Mayor de la Defensa Nacional (E.M.D.N.), que no dependía de ninguna rama
de las FFAA sino directamente del Ministro de Defensa. Durante años me
correspondió efectuar labores de contraespionaje a organismos de inteligencia
extranjeros que operaban en Chile, como la CIA. Ejercí mis labores como un funcionario público altamente especializado al servicio de las políticas de Defensa de distintos
gobiernos democráticos antes del Golpe. Aparte de manejar los idiomas europeos usuales en esta línea de trabajo (inglés, francés, italiano, alemán), hablo ruso y serbocroata, lo cual me sirvió en mis labores como intérprete en CORFO. De hecho, a fines de los años ’60
cumplí relevantes misiones en el exterior y, en conocimiento de ello, el presidente
Frei Montalva quiso reconocerme ofreciéndome una destinación como agente
encubierto en la oficina de CORFO de Nueva York (se puede consultar aquí
un
documento ad hoc del entonces asesor político del Ministerio de Relaciones
Exteriores y, posteriormente, en los años ’90, embajador, Sr. Otto Boye), la
que acepté.
Así, durante buena parte del gobierno de Salvador Allende estuve en
Nueva York, efectuando labores en defensa del patrimonio nacional, afectado
gravemente por la CIA, particularmente activa en contra de los intereses
chilenos en esos años, como es bien sabido (para mayor abundamiento, puede
consultarse el Informe Church de 1975, del propio Senado norteamericano).
A continuación detallo mis entradas y salidas de Chile en esa época:
- En julio
de 1969 fui destinado a Nueva York.
- En marzo
de 1971 vuelvo a Chile.
- El 5 de septiembre de 1971 regreso a Nueva York.
- En diciembre de 1972 vine por un mes de vacaciones a Chile y luego regresé a Nueva York.
- Vuelvo definitivamente a Chile el 18 de junio de 1973.
El Sr. Horman llegó a Chile en julio de 1972; nunca había estado antes
en el país. ¿Cómo podría haberle hecho los seguimientos que me imputa el juez?
El que este proceso esté plagado de irregularidades es una de las razones de que no se haya llegado a la verdad: el texto de mi declaración judicial fue alterado y mi firma fue falsificada para hacerme aparecer diciendo que habría alertado al Director de Investigaciones, Dr. Eduardo Paredes, respecto a la presencia de Horman en Chile, pero cuando asesoré a Paredes (1971) los Horman aún no estaban a Chile (llegaron en 1972) y cuando volví a Chile (junio de 1973), Paredes hacía diez meses que ya había dejado ese cargo.
El que este proceso esté plagado de irregularidades es una de las razones de que no se haya llegado a la verdad: el texto de mi declaración judicial fue alterado y mi firma fue falsificada para hacerme aparecer diciendo que habría alertado al Director de Investigaciones, Dr. Eduardo Paredes, respecto a la presencia de Horman en Chile, pero cuando asesoré a Paredes (1971) los Horman aún no estaban a Chile (llegaron en 1972) y cuando volví a Chile (junio de 1973), Paredes hacía diez meses que ya había dejado ese cargo.
Entre la primera semana de marzo y agosto de 1971 estuve en Chile, y,
a petición del Ministro de Defensa, Sr. Alejandro Ríos Valdivia, asesoré al Director de Investigaciones, Dr. Eduardo Paredes, en materia de contraespionaje,
en lo relativo a los intentos de sabotaje y desestabilización de la CIA
(acreditación de mi trabajo con Eduardo
Paredes puede verse en la sección “Testimonios” en este mismo blog, pues, en
esas labores, trabajé apoyado por equipos de seguridad del P.C. y del P.S.)[1]. Volví a Nueva York el 5
de septiembre de 1971, donde permanecí hasta el 18 de junio de 1973. En
diciembre de 1972 había postulado a un curso de perfeccionamiento en
Inteligencia Policial en Liverpool, Inglaterra, en el que fui aceptado, y debía
partir el 15 de septiembre de 1973 (hay, una vez más, documentos que lo
acreditan). Por todo lo dicho hasta aquí, debe quedar claro que no participé en
ninguna instancia sediciosa o golpista; al contrario, en diciembre de 1972, me
reuní con el entonces Subsecretario del Interior, Daniel Vergara, y sus
asesores, y le entregué un informe en que señalaba que, particularmente por la
intervención norteamericana y las propias falencias de la Unidad Popular, todo
apuntaba a que habría un Golpe en septiembre de 1973; la precisión en el mes se fundó simplemente en la constatación de que en esa fecha se realizaría
la operación UNITAS, con presencia naval norteamericana de respaldo (de esa
reunión y ese informe hay testigos vivos y documentos notariales que lo acreditan).
El día 11 de septiembre me presenté regularmente a mi lugar de
trabajo, el Ministerio de Defensa. Allí tomé conocimiento de que el Almirante
Carvajal había solicitado al agente de inteligencia más antiguo y mejor
calificado, por lo cual dejé el Departamento II del E.M.D.N. y pasé a depender
directamente de Carvajal. Tras el bombardeo a la Moneda fui enviado a rescatar
documentos “sensibles” al Palacio de Gobierno aún en llamas, recibiendo
instrucciones de no disparar a menos que nos dispararan. Al terminar, puse en
conocimiento al General Palacios de que regresaba al Ministerio, pero este me
pidió ubicar al periodista Carlos Jorquera, Secretario de Prensa de Allende.
Una vez que lo hice, pues estaba junto a otros detenidos tendido en el suelo,
sorpresivamente me ordenó llevarlo al interior de la Moneda y dispararle un
tiro en la cabeza. Ello una hora después que la balacera hubiera cesado. No
sólo no obedecí esa orden estúpida e inhumana sino que llevé a Jorquera a un
pequeño cuarto en el subterráneo del Ministerio de Defensa, le permití reposar
en una cama, le di unos analgésicos (pues tenía un brazo fuertemente
acalambrado) y, sin pensarlo, lo habré salvado de una doble muerte, pues, de la
fila de tendidos a la salida de la Moneda en que había estado él, fue el único
que salvó la vida (el resto fue llevado al regimiento Tacna y asesinados
cobardemente al día siguiente, por orden del General Brady, tal como se
determinaría años más tarde). Todo esto lo ha contado en detalle el mismo
Carlos Jorquera, con quien mantengo hasta hoy una cercana amistad: este, en su libro El Chicho Allende (Santiago, 1990,
capítulo 1) y en diversas entrevistas (por ejemplo, en el programa Medianoche de TVN, del 11 de septiembre
de 1997, y en diario El Mercurio, el
9 de septiembre de 2003), ha relatado estos hechos. Ahora bien, por desobedecer sus órdenes el 11 de
septiembre, el General Palacios, quien poco después pasó a dirigir la CORFO,
donde yo me desempeñaba desde hacía años en un trabajo que me servía de
cobertura, me pidió la renuncia (no voluntaria) de CORFO apenas asumió (esto
también está acreditado, como puede verse en la sección “Testimonios” de este
blog; además, puede verse aquí el testimonio del Presidente del
Comité Político de la Unidad Popular en CORFO y filiales, Sr. Héctor Ortega).
Mi actitud tras el Golpe no fue aislada, pues, dentro de mi
escaso margen de acción en medio de la locura mortífera desatada en ese tiempo,
salvé de una muerte segura a decenas de militantes de los partidos de la Unidad
Popular, especialmente a militantes de izquierda que habían colaborado conmigo
en el tiempo que trabajé con Eduardo “Coco” Paredes y a dirigentes sindicales
de CORFO, tal como lo han atestiguado ellos mismos en documentos notariales (algunos
de los que, otra vez, pueden verse en la sección “Testimonios” de este blog).
Cuestión básica de humanidad y sensatez, por cierto, que me acarrearía muy
pronto problemas (incluso posteriormente se abrió en la Fiscalía de Aviación en
Tiempos de Guerra una investigación por
una declaración escrita a máquina que se le presentó a un detenido para
que la firmara; ella contenía todo tipo de falsedades respecto a mi persona,
las cuales fueron investigadas en la Fiscalía de Aviación en Tiempo de Guerra
por órdenes del Subjefe del E.M.D.N., General del Aire Sr. Sergio Hiram Leigh Guzmán, tras lo cual quedó claro
que se había tratado de un montaje de la DINA para perjudicarme).
En abril de 1974, es decir, seis meses después del Golpe, fui
desvinculado del staff del Minsitro Carvajal y de la
CORFO, y se me impidió regresar al Departamento II del Estado Mayor de Defensa Nacional, de modo que fui enviado como analista de inteligencia a la Oficina de Seguridad de la
FACH, donde, hasta ese momento, no existía un servicio de inteligencia como
tal. En dos ocasiones solicité mi retiro, pero me fue negado; una a fines de
marzo de 1975 y otra a fines de mayo del mismo año.
A fines de abril de 1975, el Almirante Le May le informó al General Ferrnando
Matthei de un importante desfalco ocurrido con motivo de construcciones de la
FACH en materia de seguridad. Matthei le entregó al Subjefe de la recién creada
SIFA (Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea), el Coronel Horacio Oteíza,
las grabaciones y documentos aportados por
Le May, junto con ciertas órdenes específicas al respecto. El Coronel
Oteíza, a su vez, me encargó la tarea de investigar, pues conocía las
investigaciones que había realizado para el E.M.D.N; sin embargo, al escuchar
al Coronel Oteíza lo dispuesto por Matthei, le hice ver que ello significaría
la casi total imposibilidad de llevar adelante la investigación. El Coronel
Oteíza volvió a hablar con Matthei y, solucionado el problema, comenzamos a
investigar, aunque para evitar filtraciones la investigación no se realizó con
personal de la FACH, sino de la Armada y de Carabineros. Al pasar un par de
meses, y no ordenando el General Director de la DIFA (Dirección de Inteligencia
de la Fuerza Aérea, que sucede a la SIFA), Sergio Ruiz Bunger, la detención del
intermediario en las operaciones ilícitas, la Armada y Carabineros hicieron
presente su molestia por esta situación, ante lo cual Ruiz Bunger se vio
forzado a ordenar la detención del intermediario y dispuso que fuera llevado a
su presencia. Ante el asombro del personal presente, le dio un gran abrazo y
señaló: “Esperen afuera, que voy a hablar con él.” Al cabo de unos 20 minutos,
indicó: “ya está todo aclarado y [el intermediario] se puede ir.” Uno de los
oficiales presentes amenazó al intermediario, y como consecuencia de ello, este
huyó a Cochabamba, Bolivia, ya que tenía fuertes vínculos con personajes de la
zona. Su presencia allí fue detectada e informada por los canales
correspondientes de otro servicio. Desgraciadamente, el General Oteíza murió
entonces en un trágico accidente.
Como la investigación acababa de concluir, intenté entregarle dicha
documentación al tercero en la línea de mando de la DIFA, quien en esas
circunstancias había pasado a ser el segundo, pero se negó a recibirla,
argumentando la poca disposición de Ruiz Bunger para tomar medidas al respecto
la vez anterior. En tres oportunidades solicité una entrevista con el jefe del
servicio, Ruiz Bunger, pero no me la otorgó. Ante una inminente guerra con Perú
en 1975, la presencia del intermediario en Bolivia se había convertido en un
problema de seguridad nacional, dado que conocía detalles de las construcciones
de la FACH en materia de seguridad. Expuse esta situación al General Odlanier
Mena (Q.E.P.D.), a quien conocía en la comunidad de Inteligencia, y solicité su
consejo, a lo cual me contestó que no podía ayudarme en ese momento, pues había
tomado conocimiento de que el General Pinochet iba a nombrar General a Manuel
Contreras, y me mostró un cúmulo de carpetas en su escritorio, señalándome que
eran antecedentes sobre Contreras y su Subdirector de la DINA, el Comandante de
Grupo de la FACH Mario Jahn. Me especificó que si Contreras era ascendido, él
pediría su baja del Ejército, pues no se sentaría en la misma mesa de generales
junto a Contreras.
Aconsejado por el General Mena, me dirigí a mi ex superior en el
E.M.D.N, Gral. Augusto Reijer, Jefe del Comando de Tropas del Ejército de la
Guarnición de Santiago, explicándole la situación. Ordenó sacar dos fotocopias
y dos grabaciones de toda la información producto de la investigación realizada,
quedándose él con una fotocopia y entregándome la otra. A continuación llamó al
Gral. Matthei, haciéndole presente que había un problema de seguridad nacional
y que fuera a su oficina. Dado que el problema le competía a la Fuerza Aérea,
propuso que Matthei y yo lo discutiéramos solos, pero Matthei no objetó su
presencia. Después de haberse impuesto de toda la situación, Matthei señaló que
él mismo se encargaría de solucionar el problema. El asunto es que el problema
de seguridad nacional no se resolvió y yo fui llamado a retiro el 2 de
septiembre de 1975. Ese mismo día recibí advertencias del por entonces subjefe de inteligencia de Carabineros, Coronel Pablo Navarrete, que había orden
de eliminarme. Tal cual. Con la ayuda del dirigente del Regional Norte del
Partido Comunista, a quien conocía desde 1959, Octavio Abarca Gilbert, me asilé
al día siguiente en la Cancillería de Italia, donde trabajaba su mujer,
ciudadana italiana.
Permanecí, como está dicho, tres años refugiado con mi esposa e hijo
en la Cancillería de Italia en Santiago, y sólo el 15 de mayo de 1978 pude
salir al exilio, escoltado por los vehículos de los embajadores del Mercado
Común Europeo en Santiago[2].
Pasé doce años en el exilio y finalmente en 1990 pude regresar a Chile, donde
al poco tiempo me fue reconocida la condición de exonerado político, pues se
demostró oficialmente, por el Decreto Supremo nº 670 del 21 de mayo de 1992,
que mi llamado a retiro en 1975 había sido sin fundamento legal alguno.
[1] Trabajé
con el Dr. Paredes entre el 20 de abril y el 30 de agosto de 1971, volviendo a Nueva
York el 5 de septiembre de ese año.
[2] Mi
salida al exilio se debió a una gestión personal del padre Baldo Santi,
quien, siguiendo instrucciones del
cardenal Raúl Silva Henríquez, habló personalmente con el General Odlanier Mena
(Q.E.P.D.), por entonces recién llegado a su cargo a la CNI (luego del fin de
la DINA). El General Mena le dijo a Baldo Santi
que me conocía en el área de inteligencia de larga data, y, pese a saber
de las discrepancias que yo tenía con la política del General Pinochet, para
impedir que el General Gustavo Leigh intentara alguna maniobra de último
momento, envió personal fuertemente armado escoltándome al aeropuerto hasta el
interior del avión, junto a los embajadores del Mercado Común Europeo, el
Cónsul de Yugoslavia, el P. Baldo Santi y un representante suizo de la Cruz
Roja Internacional, Dr. Armin Kobel. Lo anterior se encuentra detallado en el
libro Algunos recuerdos de mi vida,
del P. Baldo Santi, Ed. Quebecor, Santiago, 2004, pp. 174-175 y 345-348.
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