martes, 22 de octubre de 2013

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JUSTICIA PARA HORMAN,
JUSTICIA PARA GONZALEZ












A modo de presentación



El presente blog, como un grano de arena en el desierto, no tiene otro propósito que abogar porque se haga justicia a Charles Horman L., periodista y escritor norteamericano asesinado en Chile en septiembre de 1973, y, consecuentemente, a mí mismo, en vista de que se me ha pretendido asignar participación en tal deleznable crimen.

En lo esencial expongo antecedentes —la mayor parte de carácter público, aunque algunos de ellos poco conocidos— sobre el caso Horman y sobre las imputaciones que aún hoy me afectan.
            
El “caso Horman” es ampliamente conocido a nivel internacional, en particular por la película Missing (1982)[1], del cineasta griego Costa Gavras, protagonizada por Jack Lemmon, la cual ganó un Oscar en 1983 (se trata de una adaptación al cine del libro de Thomas Hauser[2], aparecido en Estados Unidos en 1978, con el apoyo del padre y la esposa de Horman). Curiosamente, la película no sólo fue prohibida en Chile bajo la dictadura de Pinochet, como era de esperarse, sino que también recibió una demanda del ex Embajador de Estados Unidos en Chile durante el Golpe, Nathaniel Davis, y de dos funcionarios norteamericanos asignados a dicha embajada en el período en cuestión, Ray Davis y Arthur Crater, la que finalmente no prosperó.

En cuanto a mí, luego de pasar tres años refugiado junto a mi esposa y mi hijo de cinco años en una oficina de la Cancillería de Italia en Santiago (entre 1975 y 1978), pues la extraña conjunción del General Gustavo Leigh y la DINA se oponían tenazmente a mi salida, estuve exiliado por doce años en Europa, antes de poder regresar a Chile en mayo de 1990. Para todo efecto, la ley chilena me reconoce la calidad de exonerado político y, durante mi exilio, la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) y la Cruz Roja Internacional me reconocieron la calidad de refugiado político[3]. Aunque propiamente no hay ni habrá un “caso González”, pues ambas situaciones son evidentemente incomparables, sí hay una común exigencia de justicia, que  debe prevalecer.

Justicia, insisto, y no blanqueo, pues en lo que me atañe no hay nada que blanquear.

Rafael A. González B.,
Santiago de Chile, octubre de 2013.






[1] La película puede verse aquí.
[3] Hace algunos años, tras conocerse las imputaciones en mi contra en el caso Horman, algunas personas instaron a la Oficina de Exonerados Políticos, dependiente del Ministerio del Interior, a que se me retirara la calidad de exonerado político y sus beneficios. Lo anterior motivó que la Coordinadora Nacional del Programa de Reconocimiento al Exonerado Político, Sra. Natacha Molina (q.e.p.d.), realizara personalmente una acuciosa revisión de todos los antecedentes en mi carpeta, cuyo resultado fue que se mantuviera tal beneficio (Res Nº 1408-04). 

“To Rafael Gonzalez, a decent and honourable man” Edmund Horman, padre de Charles Horman



La frase que encabeza este acápite fue escrita de puño y letra por el padre de Charles Horman sobre un ejemplar del libro Missing (escrito por Thomas Hauser[1], a partir del cual se filmaría luego la película homónima), ejemplar que él mismo me regaló en Nueva York en enero de 1979. De las circunstancias y del porqué de esa dedicatoria me refiero a continuación.

Tras refugiarme con mi esposa y mi hijo (por entonces de cinco años) en dependencias de la Cancillería de Italia en Santiago[2], con la ayuda de un dirigente del Partido Comunista de Chile[3], y permanecer tres años asilado en dicho recinto diplomático, al salir al exilio en 1978 (a España) fui contactado por Edmund Horman, en busca de ayuda para el esclarecimiento de la muerte de su hijo. Esto lo hacía, por cuanto mientras me hallaba asilado en la Cancillería de Italia di una entrevista a Frank Manitzas de CBS y Joan Omang del Washington Post —en 1976, mientras se realizaba una reunión de la OEA en Santiago a la que vino Kissinger— en la cual señalé haber visto a Charles Horman a eso de las 18.00 hrs., el 17 de septiembre de 1973 en el noveno piso del Ministerio de Defensa.[4]

Así, una vez en el exilio en Madrid, en noviembre de 1978 el padre de Horman me ubicó a través de Miguel Ángel San Martín y Juan Ferrada, ambos entonces secretarios del ex-Senador socialista Erich Schnake, quienes me plantearon que Edmund Horman deseaba que le ayudara a aclarar la muerte de su hijo. Desde la oficina de Schnake en Madrid hablé telefónicamente con Edmund Horman, quien me invitó a visitarlo a Nueva York, señalándome que él me enviaría un pasaje de ida y vuelta, que no me preocupara por la estadía pues él me alojaría en su departamento, y que tampoco me preocupara por mi llegada a Estados Unidos, es decir, de la policía estadounidense. (Yo tenía fundadas aprensiones sobre esto último por el trabajo de contraespionaje que había efectuado contra la CIA durante años, antes y durante el Gobierno de la Unidad Popular —del cual no fui partidario pero al cual serví lealmente, en momentos en que los intentos norteamericanos por desestabilizar la economía chilena eran evidentes, sobre todo tras la nacionalización del cobre). Edmund Horman me esperó en el aeropuerto de Nueva York junto a su abogado Peter Weiss, en caso de que hubiera problemas — y de alguna manera los hubo, pues migración me fotografió de frente y de perfil y me tomó las huellas digitales, cosa que no se hacía con nadie en aquellos años.

Estuve durante el mes de enero de 1979 en el departamento del señor Horman. El 10 de enero firmé un affidavit (una autorización notarial) mediante la cual autoricé la desclasificación de todos los documentos que tuviera la CIA o el Departamento de Estado relativos a mi persona en los que se mencionara a Charles Horman. 

Si, como se me imputaría años después, yo hubiera tenido la más mínima participación en el asesinato de Charles Horman, ¿alguien con dos dedos de frente podría pensar que yo iba a estar autorizando la desclasificación de documentos de la CIA o del Departamento de Estado en que figurara mi nombre? Mi única motivación para dar tal autorización fue naturalmente ayudar a la familia Horman en su anhelo por establecer la verdad y alcanzar justicia.

» Gracias a esta autorización hubo la primera desclasificación en EEUU relacionada con el caso Horman y, muy probablemente, la primera desclasificación post-golpe. El detalle del tipo del material desclasificado en esa ocasión puede apreciarse en la siguiente carta de un funcionario del Departamento de Estado de EEUU (Malcolm Barnebey, del Bureau of Inter-American Affairs), fechada el 10 de abril de 1979, y dirigida a John W. Corwin, del Center for Constitutional Rights de Nueva York. Obviamente, los documentos desclasificados tenían y siguen teniendo pasajes completamente rayados (no legibles).

En cualquier caso, dicha desclasificación permitió comenzar a apreciar el grado de involucramiento de entidades estadounidenses en la muerte de Charles Horman. Aunque agentes estadounidenses no hayan apretado el gatillo, es claro que existe al menos responsabilidad intelectual y moral por parte de funcionarios norteamericanos en Santiago en su asesinato. En lo esencial fue eso lo que yo mismo manifesté ya en 1976, cuando, hallándome asilado en la Cancillería de Italia en Santiago, me entrevistó la cadena CBS y el Washington Post, y es lo que en 1978 argumentaría a su modo el libro Missing de Thomas Hauser[5] e, incluso, es lo que tres agentes de la embajada de Estados Unidos en Santiago reconocen en un memorándum fechado el 25 de agosto de 1976 (desclasificado en 1979 y vuelto a desclasificar con mayores detalles, aunque no por entero[6]) en el cual reaccionaban a mis declaraciones al Washington Post y CBS. En un pasaje de dicho documento textualmente se lee: "There is some circumstantial evidence to suggest U.S. intelligence may have played an unfortunate part in Horman's death. At best, it was limited to providing or confirming information that helped motivate his murder by the GOC [Government of Chile]. At worst, U.S. intelligence was aware the GOC saw Horman in a rather serious light and U.S. officials did nothing to discourage the logical outcome of GOC’s paranoia" (subrayo). Es decir, los propios agentes de inteligencia norteamericanos estimaron (en 1976) que sus antecesores en la embajada de EEUU en Santiago (en 1973) tanto en “el mejor” como en “el peor” de los casos contribuyeron de algún modo al asesinato de Charles Horman. Que este se lo hubieren achacado entonces a la “paranoia” del gobierno que ellos mismos habían ayudado a instalar, y todo eso debido a la previa y primordial “paranoia” de Nixon y Kissinger (asunto bien documentado por el Informe de la Comisión Church del Congreso estadounidense en 1975) no deja de resultar absurdo[7].

» Gracias a mi autorización (affidavit), como lo ha señalado la propia viuda de Charles Horman, Joyce Hamren de Horman, ella y el padre de Horman estuvieron en condiciones de “ir a la corte” en el juicio contra Henry Kissinger y otros, por su eventual responsabilidad en la muerte de Charles Horman (Horman et al. versus Kissinger et al., Civil Action 77-1798, de 1977). En entrevista a CNN, Joyce Horman declaró el 20 de junio del 2000: “We did not go to court, however, until Rafael Gonzalez gave as an affidavit”. Asimismo, en declaraciones judiciales en Chile (ante el juez de fuero Jorge Zepeda Arancibia), Joyce Horman confirmó que yo les ayudé en el juicio contra Kissinger y la CIA por mi propia voluntad, sin que me pagaran un peso (lo confirmó en Tribunales, ante una pregunta del juez Zepeda al respecto), lo que es obvio, pues si yo les hubiera solicitado dinero por mi testimonio el padre de Horman jamás habría escrito “To Rafael Gonzalez, a decent and honourable man”[8].


* * *







[2] Después de mis palabras ante la prensa sobre el caso Horman, esta información se difundió por todas las agencias periodísticas, produciéndose un tremendo escándalo. El Senador Edward Kennedy y 27 diputados de EEUU solicitaron mi liberación. Como consecuencia, la DINA preparó un operativo para ingresar a la legación de Italia, violando la inmunidad diplomática del recinto, lo cual fue al cabo desarticulado para evitar un escándalo mayor para el Gobierno. Este mismo intento de la DINA por entrar a la Cancillería de Italia me lo confirmó Erich Schnake en Madrid en 1979.
[3] La noche anterior a mi asilo la pasé junto a mi familia en la calle Mayflower, cerca de Diego de Almagro, en la casa del ex Secretario del Regional Norte del Partido Comunista, Octavio Abarca Gilbert (a quien conocía desde 1959). Él mismo se preocupó de conseguirme refugio en las oficinas de la Cancillería de Italia (calle Triana 843, Providencia), pues su esposa, María Pía Castelli, era ciudadana italiana y trabajaba allí desde hacía años.
[4] Específicamente en la oficina del General Augusto Lutz, Director de Inteligencia Militar (DINE, también conocida entonces como SIM), cuya muerte un año después (noviembre de 1974), fue decidida casi con toda seguridad con el conocimiento del propio Pinochet. Al respecto, se puede consultar el libro Años de viento sucio, 1999, de su hija Patricia, reconocida periodista anti-pinochetista, donde da cuenta de cómo Lutz intercedió por el ex senador socialista Erich Schnake y otros militantes de izquierda en aquellos años. Su simpatía hacia Allende era conocida así como su cercana amistad con el médico Enrique París, quien era su siquiatra, además de miembro del Comité Central del P.C. París, como se sabe, fue un resistente en la Moneda el 11 de septiembre de 1973, y fue ejecutado al día siguiente en Peldehue por órdenes del Gral. Herman Brady, como quedó establecido en la investigación judicial que se siguió con el regreso de la democracia. Mi testimonio judicial contribuyó de manera relevante a establecer las responsabilidades en las muertes de quienes acompañaban al Presidente Allende y al Dr. París ese día. Lamentablemente, hasta hoy día sigue sin aclararse quién asesinó al ex Director de la Policía de Investigaciones Eduardo Paredes, ya que estaba en la vereda de Morandé 80, tendido junto a los demás que fueron llevados al Regimiento Tacna y asesinados el día 12 en Peldehue. Sin embargo, sus restos fueron encontrados en un patio del Cementerio General. El Comandante y/o el Vicecomandante del Regimiento Tacna deberían declarar en Tribunales (antes de que fallezcan) a quién le entregaron vivo al doctor Eduardo Paredes, para que se haga justicia después de más de 40 años.
Por lo anterior, considero altamente improbable que el Gral. Lutz haya tenido parte en la muerte de Charles Horman; es más probable que alguien, al hacer llevar a Horman unos pocos minutos a su presencia el 17 de septiembre, le tendiera una trampa. En esa ocasión, Lutz, que no era mi superior (pues la DINE no tenía autoridad sobre el Departamento II, Inteligencia, del Estado Mayor de la Defensa Nacional, E.M.D.N.), pero que sí me conocía pues había sido mi superior en el E.M.D.N años atrás, me llamó por citófono. En la antesala de la oficina del Gral. Lutz pregunté con quién estaba el General y se me respondió que con un “gringo”, por lo que pensé que necesitaba  alguien que hablara bien inglés, como era mi caso y Lutz lo sabía, pero al entrar a su oficina vi que Horman se daba a entender en castellano. Entonces el Gral. Lutz me dirigió la mirada y dijo: “este es el ciudadano americano Charles Horman”. Entonces entendí que lo que quería era que averiguara si había algún antecedente sobre él en mi Servicio, el E.M.D.N. Salí de la oficina de Lutz, llamé por citófono al Departamento II, desde donde se me informó que no había nada sobre alguien de apellido Horman o Gorman (es lo que han corroborado ante el juez los jefes del Departamento II del E.M.D.N. en 1972 y 1973, años en los que el sr. Horman estuvo en Chile). Al volver a la oficina de Lutz, Horman ya venía saliendo; no debe haber estado más de unos pocos minutos en esa oficina, por lo cual es inverosímil que ahí se le hiciera un interrogatorio, como sostiene aún hoy el juez que lleva el caso. Si estos hechos constan en el expediente es únicamente porque yo los di a conocer ya en 1976 y, luego, en las instancias judiciales correspondientes; si yo hubiese tenido alguna participación dolosa o culpable en la muerte de Horman, obviamente los hubiese callado. Si los expuse es porque siempre he pensado que así contribuía a determinar la única circunstancia conocida de algún lugar en que Horman fue visto antes de su muerte.
[5] En un pasaje del libro Missing se recogen las siguientes declaraciones del padre de Charles Horman: "La auténtica responsabilidad de la muerte de mi hijo está en la propia embajada de EE. UU. Su vida fue sacrificada para encubrir las actividades estadounidenses en Chile".
[6] Incluso en el año 2000 (esto es, después de la desclasificación de 1999 autorizada por el Presidente Clinton, tras el arresto de Pinochet en Londres), en carta a Sandy Berger, Assistant to the President for National Security Affairs, Joyce Horman le reclamó la falta de entrega de documentos claves, especialmente de la CIA, así como la persistencia de pasajes no desclasificados : “I must respectfully share with you however, my disappointment at the lack of quality and quantity of the documents released last month [...] The CIA is a case-in-point. The agency released only six previously classified documents specific to my husband's murder”.  Para más detalles de esta carta puede consultarse el sitio web de la Charles Horman Truth Foundation y, más específicamente, en: http://www.hormantruth.org/ht/sampleletter
[7] Sobre paranoia y política en el caso estadounidense, se puede consultar el libro del historiador Richard J. Hofstadter: The Paranoid Style in American Politics, and Other Essays (1964), donde, entre otros aspectos, analiza las raíces históricas del macarthismo.
[8] Como Missing de Thomas Hauser se publicó en 1978, esto es, antes que Edmund Horman me conociera y dispusiera de los antecedentes que le aporté, el libro contenía serias inexactitudes con respecto a mí, pues entre otras cosas se dejaba entender que había colaborado con los militares en la preparación del Golpe y que había tenido nexos con la DINA, ambas aseveraciones sin fundamento alguno. Con respecto a lo primero, hay documentos notariales y testimonios de dirigentes de la Unidad Popular en que se reconoce que en diciembre de 1972 le advertí al entonces Subsecretario del Interior, Daniel Vergara y su Secretario Antonio Valladares, que, de no hacer cambios cruciales en la economía del país, la situación desembocaría en un Golpe de Estado en Septiembre de 1973 (omito ahora detalles de mi informe, en el que analizaba también el alcance de las acciones de sabotaje a la economía nacional por parte de sectores apoyados por intereses norteamericanos). En ese momento yo no tenía conocimiento de lo que tramaban el Almirante Merino y el General Yovane, Prefecto de Carabineros en Valparaíso, pero llegué a la conclusión de que septiembre de 1973 sería el momento más probable, ya que en esa fecha las FFAA podrían contar, en caso de ser necesario, con el apoyo de fuerzas de EEUU que se encontrarían apostadas en Chile durante la Operación UNITAS. Cuando informé de esta situación fui acompañado por mi amigo Octavio Abarca Gilbert. En cuanto a lo segundo, es demasiado evidente que jamás tuve nexos con la DINA y que, al contrario, como el ex Senador Erich Schnake lo pudo comprobar, sufrí en carne propia su persecución. En vista de esto, Edmund Horman, en enero de 1979, se comprometió a corregir esos aspectos en una futura reedición del libro de Hauser, así como también la referencia errada y anacrónica respecto a que en 1973 el Jefe de la Misión Militar de Chile en Washington, Gral. Ernesto Baeza, me habría indicado que regresara a Chile porque se produciría un Golpe. Lo cierto es que el Gral. Baeza estaba en Chile en marzo de 1971 y el Agregado Militar en Washington en 1973 era el Gral. Ervaldo Rodríguez. En cualquier caso, resulta claro que si Edmund Horman y Thomas Hauser hubieran seguido pensando, tras conocerme en 1979, que yo había sido golpista y ligado a la DINA, jamás me hubieran escrito las dedicatorias de puño y letra antes consignadas.

11 testimonios de mi actuación durante la U. P. y bajo la Dictadura


A continuación transcribo pasajes de documentos suscritos por diversos dirigentes de la Unidad Popular, de un ex estrecho colaborador del Gobierno de Frei Montalva y de un conocido sacerdote, que acreditan mi actuación antes y después del Golpe de 1973 (incluyendo nexos a los documentos completos). Si no hubiese recibido imputaciones con respecto a la muerte de Charles Horman por parte de cierta prensa chilena[1] y, lo que es más grave, de un juez de la República, naturalmente jamás habría sido necesario exponer públicamente estos testimonios.

Se trata de los testimonios de Mario González Riffo, Presidente del Comité de Exonerados Políticos de las FFAA; Alejandro Ríos Valdivia, ex Ministro de Defensa del Gobierno de la Unidad Popular; Carlos Jorquera, ex secretario de Prensa del presidente Salvador Allende; Alberto Jerez, ex Senador (PDC y, luego, Izquierda Cristiana); Carlos Morales Salazar, Periodista, Jefe de Seguridad de la Zona Centro del Partido Socialista en 1973; Guido del Valle Hermosilla, dirigente de la Asociación de Empleados de la CORFO (en 1973); Carlos Briones Olivos, ex Ministro del Interior del Gobierno de la Unidad Popular; Guillermo Saez Pardo, Secretario Político del Partido Comunista de CORFO (en 1973); Otto Boye, ex asesor político del Ministerio de Relaciones Exteriores y ex Embajador; Juan Ibáñez Elgueta, Periodista, ex Jefe de Informaciones de la Presidencia (del Gobierno de la Unidad Popular) y ex Consejero Nacional del Colegio de Periodistas; Baldo Santi, sacerdote leonardino, ex presidente de CARITAS-Chile.

* * *

Mario González Riffo,
Presidente del Comité de Exonerados Políticos de las FFAA:
[V]engo a certificar que conozco al ex agente del Departamento II del Estado Mayor de la Defensa Nacional, Sr. Rafael González Berdugo, y sé por múltiples testimonios que no se vio involucrado en actos de violación a los derechos de las personas. Muy por el contrario, arriesgó su integridad física para salvar la vida de las personas reprimidas por la dictadura, estuvo tres años asilado en una oficina de la Cancillería de Italia y doce años en el exilio”.
Santiago, el 9 de junio de 2008.


Alejandro Ríos Valdivia,
ex Ministro de Defensa (Gobierno de la Unidad Popular):
Por la presente declaro conocer al señor Rafael Agustín González Berdugo, ex jefe Operativo del Dpto. II del Estado Mayor de la Defensa Nacional, organismo dependiente del Ministro de Defensa, y por mi cargo de Ministro me correspondió un trato frecuente con él.
Por lo anteriormente expuesto, certifico que el señor González fue un eficiente, leal e incorruptible colaborador del gobierno de aquella época, específicamente, en la lucha contra el sabotaje económico que se implementó desde el extranjero”.
Santiago, 23 de noviembre de 1996.


Carlos Jorquera Tolosa,
ex secretario de Prensa del presidente Salvador Allende:
Con mucho orgullo certifico, por la presente, que conozco al señor Rafael González Berdugo, con quien me une una deuda de gratitud que no me es posible mensurar en palabras y que, estoy absolutamente cierto, también compromete en alto grado el proceso de recuperación democrática del país”.
Santiago, 24 de diciembre de 1990[2].


Alberto Jerez,
ex Senador (PDC y, luego, Izquierda Cristiana):
Me consta que a Rafael González Berdugo le deben la vida numerosas personas de todos los partidos de la U. P., y ello desde el mismo 11 de septiembre en la Moneda, cuando se negó a ejecutar a Carlos ‘el negro’ Jorquera. Además, en una oportunidad en mi departamento Volodia Teiltelboim y un funcionario del P.C. reconocieron con nombre y apellido a más de 29 militantes del P.C. que le debían la vida a Rafael, y como si esto no fuese suficiente, también reconocieron que en diciembre de 1972 Rafael le informó a Daniel Vergara, en ese entonces Subsecretario del Interior, que habría un golpe en septiembre de 1973”.
Santiago, 24 de marzo de 2004


Carlos Morales Salazar,
Periodista, Partido Socialista:
[F]ui militante del Partido Socialista de Chile y tuve a mi cargo uno de los equipos de seguridad del partido antes mencionado, durante el Gobierno de la Unidad Popular y, en tal calidad, certifico que el señor Rafael A. González Berdugo […], ex agente del Estado Mayor de la Defensa Nacional, fue un leal colaborador de nuestro equipo, sin tener militancia socialista, trabajando en la investigación de las actividades de sabotaje económico que implementara la CIA durante ese período.
Me consta además que prestó su valiosa cooperación respecto al tema arriba indicado, como asesor del entonces Director de Investigaciones, compañero Eduardo Paredes.
Deseo destacar que, con posterioridad al Golpe Militar, el señor Rafael González B., liberó del Estadio Nacional y de la Academia de Guerra Aérea (AGA) a varios compañeros del partido y asimismo gestionó la libertad de otros que sin esa intervención hoy serían parte de los desaparecidos.
En mi caso particular, informado que se me buscaba para detenerme, recurrí a él, y con su ayuda salí a Argentina, librándome de ser asesinado, ya que éste era el destino reservado a los miembros de seguridad de cualquiera de los partidos que conformaban la Unidad Popular”.
Santiago, 4 de diciembre de 1990.


Guido del Valle Hermosilla,
dirigente de la Asociación de Empleados de la CORFO (en 1973):
Casi inmediatamente después del golpe militar fui detenido y llevado al Centro de Detención de Tejas Verdes. Mientras me encontraba allí detenido, el Presidente Nacional del Comité Político de la Unidad Popular y sus Comités Sectoriales de CORFO, correligionario Héctor Ortega Fuentes, le comunicó mi situación al ex Agente del Estado Mayor de la Defensa Nacional, señor Rafael González Berdugo, quien de inmediato hizo las gestiones pertinentes para obtener de inmediato mi libertad.
Deseo dejar constancia de que quien suscribe prácticamente no conocía al señor González a esa fecha, y que me consta [que] no sólo consiguió mi libertad sino la de numerosos otros compañeros, militantes de todos los partidos de la Unidad Popular”.
Santiago, 20 de enero de 2005.


Carlos Briones Olivos,
ex Ministro del Interior (Gobierno de la Unidad  Popular), y
Alberto Jerez, ex Senador (PDC y, luego, Izquierda Cristiana):
Nos honra dejar constancia que decenas de personas, perseguidos por la dictadura militar, deben su vida al coraje y sentido humanitario del señor González Berdugo, a riesgo de su propia vida”.
Santiago, 21 de octubre de 1993.


Guillermo Saez Pardo,
Secretario Político del Partido Comunista de CORFO (en 1973):
[…] Cualquier persona de buen criterio y/o experiencia política tenía que percibir en el señor González [Berdugo] un espíritu democrático, de respeto a los procederes rectos y, si se me permite, de un pensamiento más cercano a la izquierda que a otras tendencias. […]
Un grupo de unos 70 funcionarios de la CORFO nos quedamos allí el 11/09/1973 acatando una orientación de la CUT […]
Esto motivó que dos elementos de la Marina me sometieran a duros apremios físicos, a golpes de puño y rodillas, ejercicios de precisión con un corvo, simulacro de ahorcarme. […]
Durante mi detención en el Estadio Nacional […] la sanguinaria y estúpida represión de esos días podría haber encontrado cualquier excusa para llevar mi situación a límites extremos.
No me enviaron a Chacabuco y me pusieron en libertad al 30 o 31 de octubre de 1973. Ya en libertad me encontré casualmente con Rafael González y por sus palabras pude explicarme que hubo una mano solidaria que se preocupó que pudiera saltar todos esos obstáculos y se me hizo evidente que había sido la mano de Rafael González.
Por otra parte, me consta de varios testimonios de personas que me merecen toda fe que esta no fue una actuación excepcional de Rafael González, sino una actitud prodigada a muchos compañeros, que por una parte confirma la impresión que teníamos de él antes del golpe y al mismo tiempo explica que esto le atrajera las graves sanciones y riesgos que recibió de parte de la dictadura”.
Santiago, 21 de diciembre de 2004.

Otto Boye S.,
ex Asesor del Ministerio de RR.EE. (1966-1970) y ex Embajador (1990-1998);
 “[…] Lo conocí muy bien [a Rafael González] cuando ejercí el cargo de Asesor Político de la Cancillería durante los años del Presidente Frei [Montalva]. Trabajaba como Agente del Departamento II Inteligencia del Estado Mayor de la Defensa Nacional, encubriendo sus actividades como funcionario de CORFO.
Colaboró estrechamente con RR.EE., y por las misiones que realizó en el exterior, generalmente de extremo riesgo personal, tuve contacto con él y conocimiento de lo que hacía. Me consta de su espíritu de sacrificio y de su entrega incondicional a los objetivos y tareas de nuestro gobierno.
A raíz de una de esas misiones, el Presidente quiso conocerlo, y después de eso lo envió a la Misión de Chile ante la ONU en Nueva York como premio”. […]
Santiago, 17 de diciembre de 1990.

Juan Ibáñez Elgueta,
Periodista, ex Jefe de Informaciones de la Presidencia (Gobierno de la U. Popular) y ex Consejero Nacional del Colegio de Periodistas:
Rafael [González Berdugo], durante el Gobierno del Presidente Allende prestó inapreciables servicios durante los tres años, especialmente como asesor del Dr. Eduardo Paredes.
Después del 11 de septiembre, ayudó con gran riesgo a decenas de importantes compañeros para salir del país o para salvar sus vidas. Como esta acción fue detectada, debió asilarse en la Embajada de Italia, donde permaneció durante tres años. Vivió un duro exilio […]
Santiago, 10 de enero de 1991.

Baldo Santi,
sacerdote, ex presidente de CARITAS-Chile:
 “[Durante la Unidad Popular] se le ordenó colaborar con el Director de Investigaciones de la época, Dr. Eduardo Paredes, con relación al sabotaje económico de la CIA, cosa que venía haciendo desde hace años y que le había creado numerosos problemas […]
Con posterioridad a su asilo [en la embajada de Italia] se supo que, aparte de Carlos Jorquera, muchos otras autoridades y partidarios del régimen allendista le deben la vida […]
Don Rafael fue exonerado el 2 de septiembre de 1975 y el 3 de septiembre, con la ayuda de amigos, buscó refugio en una oficina de la Cancillería italiana […] Nunca hubo cargos en su contra, pero el General Leigh y la DINA se oponían a su salida. En gestiones donde me tocó intervenir, el General Leigh no le dio su visto bueno.
Extractos del libro Algunos recuerdos de mi vida, Santiago, 2004.

Carta Abierta de Baldo SantiPresidente de Caritas-Chile y de la Fundación "Para la Dignidad del hombre"; Santiago, enero de 2004.



[1] No pierdo tiempo en enumerar la serie de reportajes y notas de prensa aparecidos en la última década en Chile, en donde diversos periodistas, con un nivel profesional lamentable, no chequean sus fuentes y repiten como loros hechos jamás acaecidos y apreciaciones carentes de todo fundamento con respecto al caso Horman en general y en lo que me atañe en particular. Lo cual no habrá impedido que, de manera excepcional, haya habido periodistas más serios como Cristián Opaso (que, entre otras cosas, tradujo parte sustancial del Informe Church relativo a las acciones encubiertas de la inteligencia de EEUU en Chile; ver su libro Frei, Allende y la mano de la CIA, Ed. Ornitorrinco, Santiago, 1990), Ignacio González Camus (ver su libro: El día que murió Allende, Catalonia, Santiago, 2013, pp. 316-317), Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Óscar Sepúveda (cf. La historia oculta del régimen militar, Santiago, Uqbar, 2008).
[2] Puede también consultarse el libro de C. Jorquera El Chicho Allende (1990), donde relata cómo le salvé de una muerte segura el 11 de septiembre de 1973, y la sección de este blog referida al documental alemán Der letzte Tag des Salvador Allende (2004), en el cual aparecemos entrevistados juntos. También se puede consultar al respecto el ya mencionado libro de Ignacio González Camus, El día que murió Allende (2013).

El caso Horman en Estados Unidos y en Chile


En el presente acápite reseño de manera sintética en qué está la investigación judicial sobre la muerte de Charles Horman, tanto en Estados Unidos como en Chile.

En Estados Unidos

Como he indicado en otra parte el padre de Horman, Edmund Horman, y su viuda, Joyce Horman, con el patrocinio del Center for Constitutional Rights de los EEUU, interpusieron una demanda contra Henry Kissinger y otros (entre ellos Frank Purdy, Cónsul General de EEUU en Chile en 1973, James Anderson, Vicecónsul, y Ray E. Davis, Capitán de Navío y jefe del grupo militar de EEUU en Chile para el Golpe). Esto fue en octubre de 1977, pero sólo a comienzos de 1979 “fueron a la Corte”, como lo ha reconocido Joyce Horman (el padre de Horman falleció en 1994), gracias a mi autorización notarial (“affidavit”) que permitió la primera desclasificación, aunque parcial, de documentos secretos del Departamento de Estado y de la CIA sobre el caso. El juicio está caratulado como “Horman et al. versus Kissinger et al., Civil Action 77-1798”, en la Corte del Distrito Federal de Columbia, en Washington. El texto íntegro de la demanda puede leerse aquí.

El caso fue sobreseído temporalmente en 1980, pero con la posibilidad de ser reabierto en caso que surjan nuevos antecedentes relevantes. "Debido a la no entrega de documentación pedimos el sobreseimiento, sin perjuicio que se pueda reabrir si logramos más información", declaró la viuda al periodista chileno Cristián Opaso en 1996.

Si bien había expectativas de que la masiva desclasificación de documentos secretos estadounidenses realizada el 30 de junio de 1999 por el Gobierno de Clinton podría entregar nuevos antecedentes, muy poco se sacó en limpio, manteniéndose información clave bajo reserva, arguyéndose las consabidas sinrazones de “seguridad nacional”. En particular, documentos desclasificados de la CIA brillaron por su ausencia, como lo subrayó la viuda en carta al entonces Delegado Presidencial para asuntos de Seguridad Nacional, Sandy Berger. En dicha carta, Joyce Horman concluye:

To my knowledge, not a single Justice Department document specific to Charles Horman was released on June 30th. We expected to see Justice Department files relating to our law suit, Horman vs. Kissinger et.al declassified. These would include records of meetings between the Assistant U.S. attorney and officials at the Pentagon, as well as the CIA and other agencies. Routing records for any documents shown or provided to the Justice Department by the U.S. military, the CIA or any other agency that provided documents should have turned up along with briefing notes, memoranda of conversations, and other documents. Such documents would advance our knowledge of the holdings and history of these agencies and their relation to my husband's case in Chile. Where are these files? Finally, not a single National Security Council document was released on Charles Horman on June 30th. Can it be that with the level of controversy generated by the death of this U.S. citizen in Chile in the fall of 1973, and again in the summer of 1976, and by our lawsuit in 1977, 1978, there were no discussions or inquiries or memos generated by top foreign policy officials in the Nixon, Ford and Carter administrations? That is just difficult to believe, let alone accept”.

Difícil de creer, difícil de aceptar. Pero hasta ahora ha sido imposible avanzar en justicia para Charles Horman en EE.UU. porque, tal como hace 40 años, la información clave de agencias oficiales de Estados Unidos sigue siendo denegada a la familia de la víctima. Más antecedentes sobre el caso judicial en Estados Unidos puede consultarse en el sitio web de la Fundación Horman.

En Chile

En diciembre de 2000, Joyce Horman interpuso una querella ante los tribunales chilenos por la muerte de su marido. Se querelló contra siete personas con nombre y apellido y contra todos quienes pudieran tener responsabilidades en el asesinato de su esposo. Los querellados fueron:

  • General Augusto Pinochet, ex Comandante en Jefe del Ejército y Presidente de la Junta Militar a septiembre de 1973.
  • Coronel Victor Hugo Barría Barría, Subjefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE) en 1973.
  • General Herman Brady Roche, ex Comandante de la II División de Ejército y Fiscal Militar en 1973.
  • Coronel Jaime Espinoza Ulloa, ex Comandante del Campo de Prisioneros del Estadio Nacional en 1973.
  • Pedro Espinoza Bravo, Mayor de Ejército en 1973.
  • Ariel González Cornejo, Capitán de Navío, I. M. (Infantería de Marina), integrante del Estado Mayor de la Defensa Nacional en 1973.
  • Luis Contreras Prieto, Mayor de Ejército.

El caso lo vio inicialmente el juez Juan Guzmán Tapia. Hasta Henry Kissinger fue instado a responder un cuestionario enviado por el juez Guzmán, transmitido vía exhorto por la Corte Suprema. Conocedor a fondo del caso, el juez Guzmán ni siquiera me llamó a declarar, aunque la viuda de Horman había consignado mi nombre como un posible testigo de la parte querellante.

En 2003 el caso fue traspasado al ministro de fuero Jorge Zepeda Arancibia. A los pocos meses, en mayo de ese mismo año, el juez dictó arraigo en mi contra, a lo cual ni siquiera apelé porque soy inocente y supuse que al poco tiempo quedaría anulado por sí solo, lo cual, de hecho, así ocurrió. Hasta ahora, en lo esencial, Jorge Zepeda ha pronunciado dos dictámenes. Uno, a fines de 2003, y otro en 2011. En 2003 me encausó inesperadamente como “cómplice” sin siquiera entonces identificar a los supuestos autores ni las circunstancias de la muerte de Horman (puede consultarse el dictamen aquí). Sin embargo, la Sala de la Corte de Apelaciones, presidida por el Ministro Carlos Cerda, dictaminó por tres votos a cero que se me concediera la libertad bajo fianza, se me diera conocimiento del sumario y se incluyeran en el expediente judicial mis tres cartas de honorabilidad que tuvieron a la vista (del ex Presidente de CARITAS-Chile, P. Baldo Santi, del ex Premio Nacional de Ciencias, Héctor Croxatto Rezzio, y del ex Senador Alberto Jerez Horta). Pues bien, al regresar de vacaciones Zepeda Arancibia arrancó las tres cartas de honorabilidad ya cosidas y foliadas con sus respectivos números. ¿Es esta una conducta imparcial en el marco de un debido proceso? 
 
¿Y qué decir de los “cuadernos secretos” del proceso que el juez Zepeda mantiene bajo siete llaves "por razones de Estado"? A estas alturas del siglo XXI, ¿puede alguien creer que la existencia y la seguridad misma del Estado de Chile pueden verse comprometidas en este proceso judicial? Es lo mismo que se preguntan los abogados, familiares y amigos de los asesinados y torturados en Colonia Dignidad, cuyas cuarenta mil fichas aún son mantenidas en secreto por Zepeda desde hace casi diez años, otra vez por "razones de Seguridad de Estado". ¿Acaso no sabe todo Chile (incluyendo a estas alturas a la "Corporación de Amigos de Colonia Dignidad") que allí se torturó, violó y masacró a detenidos políticos y aun a colonos, aparte de los innumerables actos de violencia contra niños?  [Actualización abril de 2014: presionado por organizaciones de derechos humanos el juez Zepeda solo se decidió a hacer públicas esas fichas el 7 de abril de 2014, luego de mantenerlas en calidad de secretas desde 2005. Es decir, los sitios de memorias y agrupaciones de DD.HH. lanzaron la campaña "No más archivos secretos", gracias a la cual Zepeda no pudo mantener el velo que encubría la información relativa a horrorosos crímenes cometidos en Colonia Dignidad y otros centros de tortura y muerte (http://www.londres38.cl/1937/articles-95852_recurso_pdf)].
 
Ahora bien, sin mis declaraciones de 1976, cuando el gobierno chileno seguía sistemáticamente negando que Horman hubiese sido detenido por militares, y sin la desclasificación que provoqué en 1979, hasta ahora no habría forma de comprobar la participación de militares chilenos en el caso, pues no ha habido ningún testimonio judicial que, aparte del mío, afirme que Horman estuvo en el Ministerio de Defensa y tampoco en otros lugares en que extrajudicialmente se ha mencionado que hubiera podido estar (el Estadio Nacional o la Escuela Militar). Hasta Kissinger ha declarado que no supo del caso Horman hasta 1976 (o, mejor dicho, ya no pudo negarlo públicamente), muy probablemente por el revuelo que generaron internacionalmente mis declaraciones a la prensa, cuando estaba asilado en la Cancillería de Italia[1]. Aparte de mi testimonio, lo único acreditado fehacientemente hasta ahora en lo que concierne a la detención y muerte de Horman es que fue detenido por personal militar que llegó a su casa. Por otra parte, el 18 de octubre de 1973 el Cónsul General de EEUU en Chile, Frederick Purdy, le comunicó oficialmente al padre de Horman y a su viuda que Charles había sido ejecutado el 18 de septiembre de 1973 y que su cadáver se encontraba en un nicho del Cementerio General (el régimen militar naturalmente negó que Charles Horman hubiese sido jamás detenido), como lo relata el libro de Thomas Hauser (1978)[2].

Ocho años después, en 2011, el juez Zepeda encausó como autores a dos personas: el Coronel Pedro Espinoza Bravo, quien para septiembre de 1973, con grado de Mayor, dependía del General Lutz, por entonces director del  Servicio de Inteligencia Militar (DINE, más conocido como SIM), y el oficial naval (jubilado) de EEUU, el capitán de navío Ray E. Davis, Comandante del Grupo de la Misión Militar de Estados Unidos en Chile al momento del Golpe. Por último, en abril de 2012, la Corte Suprema dio curso a la solicitud de extradición del estadounidense Ray Davis. El auto de procesamiento (de 33 páginas) se puede leer aquí.

¿Asunto resuelto? Lamentablemente no.

Por una parte, aún hoy todo permanece nebuloso. Eso no lo digo yo; lo dice alguien muy cercano a la parte querellante: aunque el caso aparenta avanzar, “los detalles sobre su muerte [de Horman] y por qué fue asesinado aún están nebulosos” (are still murky), ha señalado recientemente Peter Kornbluh, autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability y ligado a la Fundación Horman. Ya en 2011, tras conocerse el dictamen de Zepeda contra Davis y Espinoza, Kornbluh había subrayado que el juez aún tenía que presentar “evidencias concretas”. Hasta Punto Final, periódico ligado al MIR, se extrañó de que Zepeda no fundamentara ni dijera nada sobre la actuación de Pedro Espinoza en su dictamen: “En la resolución de 33 páginas del ministro Zepeda no se revela el papel exacto que cumplió Espinoza […] ni tampoco qué funciones tenía cuando ocurrieron los hechos”.

En un pasaje medular de su auto de procesamiento contra Espinoza y Davis, el juez Zepeda señala que “la decisión de dar muerte a Charles Horman Lazar, por tratarse de un detenido extranjero, se dispone por el Departamento II del Estado Mayor de la Defensa Nacional, dependiente del General de Ejército Augusto Lutz Urzúa, y se ejecuta por el Batallón de Inteligencia Militar o Cuartel de Inteligencia del Ejército, a cargo de determinado oficial de esa repartición [¿Pedro Espinoza?] encargado de supervigilar la ejecución de detenidos”. Pero, como hemos indicado anteriormente, el General Lutz era entonces director del Servicio de Inteligencia Militar (DINE, también conocido como SIM), organismo que no tenía ninguna tuición sobre ni vinculación con el Departamento II del E.M.D.N. Por otra parte, ya que en el auto de procesamiento no se menciona nada preciso que involucre a Espinoza Bravo en los hechos, cabe suponer que el "determinado oficial" al que se refiere Zepeda en el mismo sería Espinoza Bravo, pero no deja de llamar la atención que, de ser así, no se identifique de manera inequívoca al supuesto ejecutor de Charles Horman al cual se está de hecho procesando. Sin lugar a dudas, esto constituiría un descubrimiento de la máxima relevancia en la tramitación del proceso: por fin se habría identificado al asesino de Charles Horman. ¿De dónde podría entonces surgir esta renuencia del juez a decir las cosas por su nombre? Quizá del hecho de que, en caso de existir el hipotético Batallón o Cuartel de Inteligencia del Ejército del que habla el juez Zepeda, no podría haber estado al mando del por entonces Mayor Espinoza Bravo, sino que debía tratarse de un oficial superior, es decir, de un Teniente Coronel o Coronel. O del hecho, más grave aún, de que, como lo ha informado recientemente el Jefe del Estado Mayor General del Ejército, jamás existió tal "Batallón de Inteligencia Militar o Cuartel de Inteligencia del Ejército" en septiembre de 1973. ¿Qué puede ser más injusto que dar por acreditados hechos irreales, fingir que existen batallones imaginarios, cambiar de funciones a personas mencionadas en un proceso judicial, etc., y todo ello con la consecuencia de que los verdaderos culpables de la muerte de Charles Horman puedan seguir gozando de impunidad?

Esta y otras flagrantes desprolijidades del juez Zepeda han llevado a pensar incluso a personas cercanas a la parte querellante que (dejando de lado la invención del supuesto “Batallón de Inteligencia”) el juez se puede haber confundido entre el ahora Coronel Pedro Espinoza Bravo (pero en aquel entonces Mayor) y el entonces Coronel Jaime Espinoza Ulloa, ex Comandante del Campo de Prisioneros del Estadio Nacional, quien aparece ampliamente mencionado en el auto de procesamiento, a diferencia de Pedro Espinoza Bravo. ¿Se “confundió” el juez Zepeda? ¿Puede haber un juez tan incompetente como para llegar a tal extremo? Naturalmente, las desprolijidades de Zepeda y su eventual incompetencia corresponden ser evaluadas por sus pares del Poder Judicial. Pero si no se equivocó, y efectivamente se propuso encausar como autores a Ray Davis y a Pedro Espinoza sin aportar pruebas ni testimonio alguno al respecto, la hipótesis de que simplemente haya escogido a un par de “figuras simbólicas” de la doble mano involucrada en la muerte de Horman, es decir, agentes de inteligencia estadounidenses y uniformados chilenos, no parece descabellada.

Cuando hablo de las “flagrantes desprolijidades” del juez Zepeda no exagero. En su dictamen de 2003 incluso llega a decir que el cuerpo de Horman fue ubicado en marzo de 1973, esto es, ¡seis meses antes de su muerte!: […] “Lo que el funcionario militar cumple el día 21 de marzo de 1973, en horas de la mañana, procediéndose, luego de preparar el cadáver, a su traslado a los Estados Unidos de Norteamérica”[3].

No se trata de desprolijidades nimias, errores “de tipeo” o cosas por el estilo, sino también de cosas que afectan la posibilidad misma de establecer los hechos e impartir justicia. Prueba de ello es que al solicitar la extradición de Ray Davis a Estados Unidos en 2011, no realizó las indagaciones mínimas, pues de hecho el Sr. Davis acaba de morir tranquilamente en Santiago de Chile el 30 de abril de 2013, a los 88 años, como lo reveló en septiembre de este año el New York Times.

¿Cómo es posible que un juez de la República demande la extradición de alguien que vive en Chile? Y lo que es peor: ¡que por su desidia no logre detenerlo e interrogarlo cuando aún era posible hacerlo! Nuevamente, el reclamo no viene sólo de mi parte. Joyce Horman (para todo efecto, la parte querellante) acaba de señalar al New York Times: “How is it that no one notified the Chilean court system or the U.S. Embassy that Ray Davis was in Chile, when it now looks like he had been in Chile for a year or so?”. Para concluir, por cierto: “This is not normal”.

En lo que respecta al Coronel Pedro Espinoza, hasta ahora, que yo sepa, sólo existe un indicio, cuya verosimilitud, sin embargo, nunca ha sido comprobada, que lo liga al caso Horman. Aparentemente Zepeda no lo conoce, porque no lo menciona en su auto de procesamiento (aunque sí menciona otros documentos desclasificados que no aluden a Espinoza). Se trata de un par de memorandos intercambiados por la Embajada de Estados Unidos en Santiago y el Departamento de Estado (en Washington) en 1987, desclasificados en 1999, en que se hace mención a un oficial (al parecer ya retirado) de la FFAA chilenas, quien se habría acercado a la embajada estadounidense en busca de protección. En dicha ocasión, les aseguró a agentes de inteligencia estadounidenses que Horman había sido llevado a la Escuela Militar, donde fue interrogado, y posteriormente al Estadio Nacional, donde, según el informante, fue asesinado al anochecer del 19 de septiembre por orden del Mayor Pedro Espinoza Bravo. En esa ocasión Michael Armacost, funcionario del Departamento de Estado, cuestionó la credibilidad del informante (cuyo nombre aparece tachado en los dos documentos desclasificados), sin descartar, con todo, enteramente su versión, y reconociendo que por primera vez se mencionaba a Pedro Espinoza en este caso. Los memos en cuestión pueden consultarse en el National Security Archive, de la George Washington University, aquí.

¿Quién fue tal informante? ¿Fueron sus declaraciones en 1987 una simple triquiñuela para obtener apoyo de los estadounidenses, como ellos mismos se preguntan en uno de los dos documentos desclasificados? No hay que olvidar que a septiembre de 1973 el entonces Mayor Pedro Espinoza aún servía bajo las órdenes del Gral. Lutz, quien, por su ética y su conocida cercanía con el Gobierno legítimamente constituido del Presidente Allende, no hubiera dejado pasar que un subalterno cometiera un crimen bajo su mando; si ese hubiera sido el caso, probablemente lo habría llamado a retiro o lo habría sometido a un Consejo de Guerra. Además, es un hecho acreditado que el 19 de septiembre el cuerpo de Charles Horman ya estaba hacía 24 horas en refrigeración en el Servicio Médico Legal. Por ahora, sólo el Departamento de Estado de los EEUU está en condiciones de responder a la pregunta de quién fue ese informante de 1987, y hasta ahora no lo ha hecho. Obviamente la justicia chilena tiene que solicitar al gobierno estadounidense que coopere con el caso y que revele el nombre tachado del supuesto oficial chileno, para así interrogarlo si aún estuviera vivo.

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A 40 años del asesinato de Charles Horman, los procesos judiciales abiertos en Estados Unidos y en Chile parecen estar en punto muerto. En Estados Unidos el caso sigue sobreseído temporalmente, a la espera de nuevos antecedentes que, al menos, el Departamento de Estado y los organismos de inteligencia (léase principalmente la CIA) se niegan a entregar. En Chile, aunque hay un par de acusados como autores, uno acaba de morir en Santiago sin que el juez que lleva la causa lo hubiera siquiera interrogado (Ray Davis) y el otro, a falta de antecedentes en el proceso, más bien parece haber sido encausado por ser una figura emblemática de las violaciones a los derechos humanos bajo la Dictadura (Espinoza Bravo) antes que por su eventual participación en los hechos[4]. De paso, el juez ha intentado involucrarme, sin haber tenido yo ninguna participación en el crimen, sino, al contrario, siendo el primero en haber alertado públicamente en 1976 (y, de manera especial, a la propia familia Horman en 1979 por medio de mi desclasificación) de la connivencia entre agentes de inteligencia estadounidenses y uniformados chilenos en el caso. No cabe sino reiterar: la justicia, en este y en todos los “casos”, no puede esperar infinitamente. Si no, no hay justicia.

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Más elementos sobre el caso Horman en Chile pueden consultarse en la sección Algunos de los graves errores del juez Zepeda en el caso Horman.






[1] En una entrevista a Kissinger en 2001, con la periodista Elizabeth Farnsworth, se puede leer: E. FARNSWORTH: You said to me that you hadn't even known who Charles Horman or any, you didn't know about the Americans…? H. KISSINGER: […] as far as I have been able to reconstruct, that issue did not reach my level until 1976. But I could be wrong.
[2] Como es sabido, la política exterior de los EE.UU. cuenta –y contaba por aquellos años-- con numerosos detractores, y Henry Kissinger en particular ha sido uno de los mayores responsables de esta animadversión global. Desafortunadamente para mí, durante mi estancia en la Cancillería de Italia en Santiago parte del personal de esta legación decidió aprovechar la visita de Kissinger a Santiago de Chile en 1976 para provocar un escándalo que hiciera visible el involucramiento y apoyo de los EE.UU. al golpe de estado y a la dictadura, y para ello decidieron servirse de mi presencia en esa legación. Mientras me encontraba refugiado en la Cancillería de Italia, fui obligado por dos funcionarios a decir que en la oficina del Gral. Lutz había un norteamericano. De no hacerlo sería expulsado del recinto diplomático, lo cual hubiera significado mi muerte inmediata, pues había orden, no de detenerme, sino de disparar a matar, lo cual me fue informado indirectamente por Pablo Navarrete, por entonces Subdirector de Inteligencia de Carabineros. Una vez en el exilio le conté al Sr. Horman este hecho, y él me solicitó que no lo hiciera público pues, aparte del juicio por dicha muerte, se iba a hacer una película basada en el libro, que ya era un best-seller, y perjudicaría gravemente sus intentos por conocer la participación de organismos de EE.UU. en la muerte de su hijo. Le prometí no repetirlo a nadie, excepto si era llamado a declarar a Tribunales, pues allí no mentiría. Edmund Horman se preocupó de que sus abogados no me llamaran durante los cuatro meses que estuve en EEUU y durante 30 años cumplí con lo que me solicitara Edmund Horman, no concediendo ninguna entrevista respecto al caso Horman para no tener que mentir y para no perjudicar el proceso judicial entablado por la familia en Estados Unidos. Al ser preguntado al respecto en Tribunales chilenos, y a riesgo de presentar una verdad discordante con la versión que me vi forzado a dar en la Cancillería de Italia, respondí con la verdad: que no había ningún americano en la oficina. El invento de que había un americano era tan burdo como la razón para saber que era de ese país. Cuando me preguntaron cómo sabía que era un americano tuve que decir que por sus zapatos ("that type of shoe is not found in Chile"), a lo cual obviamente se me objetó que muchos chilenos viajan a EEUU y podrían haberlos comprado ahí. Por lo demás, decir que no había tal americano es algo que despeja una incógnita en la cual se hubiera podido gastar tiempo y energía y que no hubiera llegado a nada porque no hubo tal americano. Jamás hubiera hecho tal declaración voluntariamente, pues aparte de ser falsa, me perjudicó enormemente, pues el gobierno temió que en caso, de otorgárseme el salvoconducto, yo podría hacer más y peores declaraciones en su contra. Fue por esta y otras razones que el ciudadano suizo Dr. Armin Kobel, representante para América del Sur de la Cruz Roja Internacional, calificó mi estadía en la Cancillería de Italia como "un verdadero infierno".
[3] Esto se puede ver en la parte final de mi auto de procesamiento del 2003.
[4] No está de más recordar que el Subdirector de la DINA, desde su creación hasta 1976, fue el Coronel de Aviación Mario Jahn Barrera; sin embargo, en las condenas a la cúpula de la DINA a menudo se incluye erróneamente a Pedro Espinoza en ese cargo antes de 1976.